El bisonte ha vuelto

Publicado en “El Salto

“Dejaron de pisar la península hace unos pocos miles de años y casi desaparecen para siempre a principios del siglo XX. Hoy, el bisonte europeo no solo se está recuperando en el viejo mundo. Un puñado de intrépidos se ha empeñado, a pesar de las trabas, en que el mayor mamífero terrestre del continente vuelva a habitar las tierras ibéricas.

“Vamos, preparad las cámaras, los objetivos y todo lo que tengáis”. A unos 300 metros, once formas oscuras comienzan a hacerse nítidas a medida que trotan hacia el grupo de intrusos humanos. Una advertencia: “Un tercio del cuerpo dentro del coche, dejad las puertas abiertas y cuando yo os diga, entráis”. Mirada entre cámara y fotógrafo mezcla de expectación y adrenalina; redactor protegido tras el 4×4. Estamos en los dominios de Samui Kaypi —aunque es polaco tiene nombre americano, significa “ven aquí” en quechua— y, a pesar de que la manada que lidera este bisonte europeo de más de una tonelada es pacífica, toda precaución es poca dentro del cercado.

Quien da las órdenes en el interior de la finca Los Porretales, en Lastras de Cuéllar (Segovia), y atrae a los animales con una “golosina” en forma de tacos de pienso es José Tovar, empresario dedicado al turismo activo y de naturaleza en el entorno de las Hoces del Duratón. Es uno de los protagonistas de una historia en la que se mezcla un peculiar elenco de personas ligadas al mundo de la ganadería, el turismo, la ecología, la paleontología, la genética y la biología. Un grupo en el que se encuentran desde el alcalde de la montaña palentina que se resistió a la muerte de su pueblo tras el cierre de la mina de carbón y montó una reserva natural, hasta el científico del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) que quiso echar una mano para recuperar una especie casi extinta. Del ganadero al que le encantaban las bestias al promotor rural de un parque paleontológico que pretende recrear, con seres vivos y junto al yacimiento de Atapuerca, el hábitat ibérico anterior al neolítico.

En 1923 solo quedaba medio centenar de ejemplares, pero un programa de conservación en Polonia, donde este animal es considerado icono nacional, lo salvó de la extinción

Entre todos han conseguido que, en apenas diez años, el número de ejemplares de bisonte europeo (Bison bonasus) en España pase de 22, todos ellos en zoos, a más de 150, la mayoría en una quincena de fincas en semilibertad. Es un éxito sin paliativos que ha contribuido a la recuperación de una especie de la que en los años 20 del siglo XX apenas quedaban medio centenar de ejemplares en todo el continente y de la que hoy en día hay unos 8.300.

Todas y cada una de estas personas han tratado con quien empezó, y apuntaló, esta odisea: Fernando Morán, un veterinario asturiano que, fruto de un encuentro fortuito, acabó siendo uno de los mayores especialistas en bisonte europeo de la de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, además de fundador de la Asociación Centro de Conservación del Bisonte Europeo en España.

“Hay doce genéticas fundadoras”, relata Morán, lo que significa que los más de 8.000 bisontes actuales proceden solo de doce individuos.

Fue en el año 2007 en una visita al zoo de Santillana del Mar. Un macho de un animal que apenas conocía se acercó a la valla en la que Morán estaba apoyado. “A ver este qué quiere, me dije, y de repente sacó la cabeza y me dio, más que un golpe, un toque”, relata. Cuando se levantó del suelo vio el cartel en el que se decía que esa bestia estaba en peligro de extinción. Fue amor a primer contacto en una localidad donde la silueta de este animal está en todas partes en forma de imágenes y logotipos, dada la cercanía de la cueva de Altamira y sus pinturas rupestres con decenas de bisontes dibujados. Hoy, Morán coordina, a través de la Asociación, la población de estos animales en España, un grupo que necesita de especiales cuidados para perpetuarse debido a la escasa variabilidad genética.

Doce fundadores

En 1919 caía bajo el fuego de un fusil el último bisonte europeo en libertad en el bosque de Bialowieza, uno de los últimos espacios primigenios que quedan en el continente, entre Polonia y Bielorrusia. Ocho años más tarde le ocurría lo mismo a la subespecie de las montañas del Cáucaso. La húngara ya había desaparecido a finales del XVIII. “El bisonte europeo estuvo a punto de extinguirse. Fue cazado hasta la extenuación y la destrucción de sus hábitats. En Europa derivó en que quedasen a principios del siglo pasado un puñado de animales en zoológicos”, explica Jorge Cassinello, investigador de la Estación Experimental de Zonas Áridas (EEZA) del CSIC y especialista en ungulados (mamíferos con pezuña). En concreto, en 1923 solo quedaba medio centenar, pero un programa de conservación en Polonia, donde este animal es considerado icono nacional, lo salvó de la extinción, aunque no sin problemas.

Para Joge Cassinello, una reintroducción del bisonte podría ayudar a recuperar los pastos naturales y echar una mano en uno de los retos actuales de la humanidad: la crisis de biodiversidad

“Hay doce genéticas fundadoras”, relata Morán, lo que significa que los más de 8.000 bisontes actuales proceden solo de doce individuos. “La especie del Cáucaso, de la que quedaba un solo macho, se cruzó con cuatro hembras, y de la polaca quedaban tres machos que se cruzaron con cuatro hembras. Así, tenemos dos líneas genéticas que no se han mezclado durante el tiempo para no perder variabilidad genética: 4.000 son de una línea genética y 4.000 de otra”, explica el especialista.

Una muestra tan escasa hace necesario que se trabaje con toda la población como si fuese una, con el máximo control, aunque los grupos estén repartidos por el continente: todos los ejemplares están registrados en un libro de pedigree de la especie a nivel europeo. La movilidad entre proyectos es una constante y la coordinación una necesidad. Como indica Jesús González, presidente de la Reserva Bisonte Europeo y alcalde de San Cebrián de Mudá (Palencia), “los machos no crían con sus hijas, así que hay que cambiar machos con otros proyectos para distanciar la familiaridad”.

El objetivo siempre es buscar la mayor variabilidad, pues una genética pobre puede acabar con toda una población si esta es sensible a una enfermedad. De hecho, al respecto de la variabilidad genética, la presencia de bisonte en la península es clave. Por un lado, expone Morán, “tendríamos un reservorio de animales en caso de que pasase algo en otros lugares”. Por otro, un clima y unas condiciones relativamente diferentes suponen una futura mejora genética, ya que esta “es el resultado de la herencia y la adaptación al medio” y, tras varias generaciones, los animales criados en España tendrán algunas características distintas a sus primos del centro y el este europeo.

“La idea que teníamos era recuperar el bisonte como agente repoblador”, cuenta el alcalde de San Cebrían de Mudá

El de San Cebrián de Mudá, en plena montaña palentina, puede presumir de ser el primer proyecto que trajo Bison bonasus en semilibertad a España. Con dos parcelas de 29 y 200 hectáreas dedicadas al bisonte, hoy cuentan con 16 animales y desde 2010 han tenido una docena de crías, aunque solo la mitad ha sobrevivido. El cierre en 1990 de lo que había dado de comer al pueblo durante más de un siglo, la mina de carbón, supuso un rápido proceso de despoblación. De los 300 habitantes de 1990 se pasó a los 168 actuales. Había que hacer algo.

“La idea que teníamos era recuperar el bisonte como agente repoblador”, cuenta el alcalde. “Partimos de la idea de tener una microeconomía, un actividad socioeconómica para poder sujetar a la gente, que daría como resultado el aprovechamiento de los recursos”, continúa. “Necesitábamos un empoderamiento de lo público, del común, y trabajamos durante ocho años en esa línea”.

Así nacieron la Reserva y Centro de Interpretación del Bisonte Europeo Bison Bonasusy el Parque Cuaternario, situado en el vecino San Martín de Perapertu, donde no solo hay bisontes, sino otros animales en peligro de extinción como los caballos de przewalski, descendientes de los primeros equinos domesticados hace más de 5.000 años. Con más de 8.000 visitantes en 2019, el proyecto, el único de carácter público de los quince espacios con bisontes en semilibertad de España, implica cinco puestos de trabajo directos y un revulsivo turístico para la zona.

Los huesos perdidos

El palentino es la excepción en cuanto a tipología de proyectos. La abrumadora mayoría son privados y ninguno cuenta con ayudas o apenas respaldo oficial. La razón de por qué España no cuenta con un proyecto estatal y público para la recuperación y reintegración de un animal que aparece en las cuevas de Altamira, al estilo de los proyectos Life de los que sí se beneficia, por ejemplo, el lince ibérico, puede resultar llamativa, además de llevar aparejada toda una polémica. Resulta que el bisonte que aparece en la pinturas rupestres cántabras no es un Bison bonasus, sino su antepasado, el bisonte estepario (Bison priscus). Y, como explica Cassinello, “no se ha acreditado su presencia ni en tiempos históricos ni durante el neolítico”.

Mientras no aparezca un fósil de Bison bonasus o no haya un cambio de criterio en el Ministerio, los primos de Samui Kaypi y de Polmus que Fernando Morán y sus compañeros de reto consigan introducir en España lo harán en fincas privadas de relativa extensión

En biología de la conservación se considera especie autóctona a aquella que se ha establecido en un territorio desde el neolítico, el periodo que comenzó hace unos 10.000 años, surgido tras la última glaciación, de clima similar al actual y en que apareció la agricultura y la ganadería. “Si se pudiese acreditar que hubo bisonte europeo hace 10.000 años en la península Ibérica, se consideraría especie autóctona y, como está en peligro de extinción, estaríamos obligados a protegerlo”, continúa el investigador. El problema: no se ha encontrado ningún resto de Bison bonasus en la península. Fin de la discusión. Pues no, nada más lejos.

En Francia sí, en España no

“Recientemente se ha demostrado que el bisonte europeo es resultado de la hibridación del bisonte estepárico con el uro”, este último antecesor de todas las vacas y toros del continente, continúa el investigador del CSIC. Las presencias tanto del bisonte estepario como del uro en las tierras ibéricas están sobradamente probadas. “Al haberse demostrado que existieron en la península millones de bisontes esteparios hasta la última glaciación, y habiendo sido hogar de una población muy importante de uros, las probabilidades de que se hubiesen cruzado aquí, al igual que pasó en Francia y otros países europeos, algo que está acreditado, son muy altas”, opina el científico. Suma además otro factor: los Pirineos no son una barrera infranqueable para los ejemplares que poblaban lo que hoy es Francia hasta el siglo XIV.

Así, al contrario que el comité asesor del Ministerio de Transición Ecológica que evaluó la posible inclusión del bisonte europeo en los catálogos nacionales de Especies Silvestres de Especial Protección y Especies Amenazadas, que no vio pruebas suficientes para incluir al Bison bonasus como especie autóctona digna de protección —protección de la que sí goza en Europa—, Cassinello está “plenamente convencido” de que sí habitó la península. Es más, considera “cuestión de tiempo” que aparezcan fósiles y remarca que, al provenir de la mezcla entre el bisonte estepario y el uro, antecesor del ganado bovino actual, es muy difícil diferenciar los huesos de bisonte europeo de los de una vaca. Sea como fuere, así están las cosas y esta es la razón por la que la recuperación del bisonte en España se está haciendo de forma privada y no puede optar a ayudas, entre ellas las de dos ambiciosos proyectos Life presentados en los últimos años, ambos rechazados por no ser considerado especie ibérica.

Vuelta a las cavernas

El plan del Parque Cuaternario palentino es similar al que el naturalista Eduardo Cerdá creó a apenas tres kilómetros del yacimiento arqueológico de Atapuerca (Burgos), junto con el periodista y naturalista Benigno Varillas y el propio Fernando Morán. “Era muy importante complementar las visitas a Atapuerca con algo visual y de concienciación, y eso es Paleolítico Vivo”, cuenta Cerdá. En las inmediaciones de la famosa excavación buscaron para el proyecto “un bosque que tuviera las características del bosque antiguo primigenio de esas épocas pretéritas”.

La cuestión paleontológica sobre si el Bison bonasus habitó la península en el neolítico se cruza en lo que todos los implicados en esta historia ven como una salida lógica: la creación de grandes espacios públicos en España para la recuperación de la especie

Lo encontraron en Salguero de Juarros, en el norte burgalés. Con cinco empleados en los meses fríos y diez en verano, además de dar oxígeno económico a la zona, ayudan a la conservación de especies amenazadas. En el parque conviven una decena de bisontes junto a caballos de przewalski. También cuentan con el bovino de heck, la raza creada en Alemania en los años 20 y 30 del pasado siglo que buscaba recrear el uro europeo, y caballos konik, considerados los equinos domésticos más cercanos al tarpán, el extinto caballo salvaje europeo.

Otros espacios con ejemplares de bisonte europeo en España, como el Parque de la Prehistoria, en Teverga (Asturias), o el Valle del Bisonte, en Riaño, y el Museo de la Fauna Salvaje, en Valdehuesa, ambos en León, compatibilizan la actividad económica con la conservación de la naturaleza. Pero otros apenas le sacan rendimiento económico. “¿Como negocio? Cero. Puedes sacar algo con visitas, pero es algo secundario”, asevera Alberto Herranz, propietario de la Yeguada La Perla, en Cubillo (Segovia). En esta ganadería, donde conviven toros bravos, caballos lusitanos, vacas y hasta alguna llama y algún jabalí, hoy habitan nueve bonasus, con Polmus a la cabeza.

Mientras baja la ventanilla del jeep el ganadero grita el nombre del macho alfa del grupo. De más de una tonelada, Polmus viene trotando tras el coche seguido por su manada, atraído por los tacos de pienso que el ganadero lanza desde el todoterreno.

El proyecto de Herranz comparte con el de José Tovar muchas similitudes además de provincia. Ambos se consideran amantes de los animales y la conservación de la especie se mezcla en los dos casos con un extra que añadir a sus negocios para complementarlos. Tovar habla de introducir un “elemento diferenciador” para distinguirse de la competencia. Su empresa, Naturaltur, fue pionera en la zona y lleva décadas organizando paseos en piragua, rutas a caballo y excursiones de turismo de naturaleza en el entorno de las Hoces del Duratón, un espacio en el que hoy se han multiplicado las compañías dedicadas al turismo.

“Aquí, al contrario que en Holanda o Francia, hay terreno de sobra; espacio baldíos o salvajes donde podría vivir”, expone Morán, para quien, independientemente de la fórmula, el fin es “más bisontes en más lugares”

Herranz, cuyo negocio principal está en Segovia capital y está ligado a la telefonía, habla de que los bisontes son “una buena publicidad” para la Yeguada. Él ya organizaba un Safari Ibérico por su finca, principalmente orientado a colegios y asociaciones de la zona, antes de decidirse a traerlos. Son actividades que generan unos ingresos que ayudan a paliar los gastos de mantener unos animales que, en el caso de Tovar, son de unos 400 euros por cabeza —alquiler de la parcela aparte—, una cifra que es relativamente baja solo gracias a que la mayoría de la comida la encuentran en la propia finca, de un 100 hectáreas y bañada por el río Cega. Sin embargo, muchos de los Bison bonasus que viven en España pastan en cercados mucho más pequeños y necesitan alimentación suplementaria. “Te tienen que gustar mucho los animales para meterte en una cosa de estas”, sentencia Tovar.

Los dos ganaderos son escépticos respecto al futuro del bisonte europeo en España. “Tiene que haber más espacios, y más posibilidades para darles salida”, opina Tovar. Con once animales y cuatro hembras preñadas, la finca que arrienda empieza a quedarse corta, y aunque señala que criarlos para el sector cinegético no es una visión que le agrade, ve tanto la caza como la cría para consumo cárnico alternativas posibles a falta de ayuda estatal. “A mí lo de la caza no me gusta”, señala Herranz por su parte, pero usa la misma frase que su paisano cuando se le pregunta por el devenir de la especie en España: “Si empiezas a tener muchos, tendrás que darles alguna salida; carne o lo que sea”.

Bisonte suelto en el Guadarrama

La cuestión paleontológica sobre si el Bison bonasus habitó la península en el neolítico vuelve a cruzarse en lo que todos los implicados en esta historia ven como una salida lógica: la creación de grandes espacios públicos en España para la recuperación de la especie, tal como se ha hecho en el Bosque de Bialowieza, donde tanto en su lado polaco como bielorruso se han reintroducido ejemplares en libertad. “Tendría mucha más lógica eso que tratar de salvarlos desde la iniciativa privada”, opina Tovar. “Una opción bonita sería en montes del Estado, espacios abandonados, parques naturales como la Sierra de Guadarrama, por ejemplo… Hacer una reproducción en condiciones”, añade Herranz.

Jorge Cassinello: “Igual que políticamente se permite la presencia de algunas especies consideradas exóticas, como por ejemplo el muflón que tenemos en la Sierra de Cazorla en libertad, el bisonte podría no dar problemas y sí algunas soluciones”

“Aquí, al contrario que en Holanda o Francia, hay terreno de sobra; espacio baldíos o salvajes donde podría vivir”, expone Morán, para quien, independientemente de la fórmula, el fin es “más bisontes en más lugares”. De hecho, este especialista remarca una cualidad que podría ser de especial interés para el país: “Este bicho se lo come todo. Matorrales hojas, ramas… es un empradizador. Tú lo dejas un año en un monte con maleza de tres metros de altura y en un año tienes hierba, y la hierba permite que haya más vida. Si no hay hierba, no hay herbívoros; si no hay herbívoros, no hay carnívoros; si no hay herbívoros, no hay excrementos; si no hay excrementos, no hay insectos; y si no hay insectos, no hay pájaros. Es de primero de ecología”.

Cassinello, en la misma línea, explica que la existencia de ecosistemas diferentes alternados —“lo que llamamos paisaje mosaico”— es mucho más beneficiosa para la biodiversidad, y remarca que la despoblación en la llamada España vaciada está provocando la matorralización de amplias zonas de la península, lo que además multiplica el riesgo de incendios. “Los herbívoros que siempre han existido en la cuenca mediterránea han frenado el avance de los bosques manteniendo los pastos, pero sin la presencia de estos animales, desaparecen esos ecosistemas”. La extinción de especies como el uro o el bisonte estepario fue suplida por la ganadería extensiva, que mantuvo el ecosistema. Sin embargo, “hoy esta está desapareciendo”.

Así, para este científico, una reintroducción del bisonte podría ayudar a recuperar los pastos naturales y echar una mano en uno de los retos actuales de la humanidad: la crisis de biodiversidad motivada por la sexta extinción masiva de especies. Es más, señala que el estatus del bisonte en España podría cambiar rápidamente si en el Ministerio se produjese un cambio de criterio político: “Igual que políticamente se permite la presencia de algunas especies consideradas exóticas, como por ejemplo el muflón que tenemos en la Sierra de Cazorla en libertad, el bisonte podría no dar problemas y sí algunas soluciones”.

En cualquier caso, mientras no aparezca un fósil de Bison bonasus o no haya un cambio de criterio en el Ministerio, los primos de Samui Kaypi y de Polmus que Fernando Morán y sus compañeros de reto consigan introducir en España lo harán en fincas privadas de relativa extensión. El último proyecto llegó en 2020 al sur peninsular, con 18 ejemplares en una finca colindante al parque natural de la Sierra de Andújar (Jaén), y “promete”, en palabras del especialista. Como reitera de nuevo, “la idea es simple: más bisontes en más lugares”.”

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